La conquista del Bisaurín (I)

Me encontraba solo en mitad de uno de los picos más altos de los Pirineos. A mí alrededor solamente veía nieve. Enfrente mío la nada y detrás el vacío. En ese momento me embargó una terrible sensación de soledad. La montaña o yo. Yo y la montaña, frente a frente en un duelo hasta la extenuación.  No tenía fuerzas y apenas me sentía capaz de finalizar una ascensión que había comenzado cinco horas antes.

-Foto, mirad todos a la cámara –dijo Mel.  Posamos los 10 integrantes de una expedición que tenía como objetivo el Bisaurín, situado a 2669 metros de altura. Partíamos del refugio de Lizara, 1000 metros más abajo. Lo hacíamos con mucha ilusión y muchas ganas. Más aún teniendo en cuenta el magnífico tiempo. Brillaba un sol radiante que a la postre quemaría más de una cara  sin la suficiente crema.  Solamente se notaba el frío cuando soplaba el viento.

-Es importante no juntar las piernas porque los crampones pueden romper los guetres –dijo Myriam, la guía oficial del grupo, montañera experimentada  y “Sherpa” para el resto de la excursión. Era la primera vez que usaba los crampones para andar sobre la nieve y tampoco me había puesto antes los guetres, también llamados polainas.  Al acabar el día los crampones iban a formar parte de cada uno de nosotros como un apéndice de las botas, y además iba a dar pie a numerosas bromas y comentarios. De hecho, hemos creado la figura del encramponador, definiendo a la misma como aquella persona que ata los crampones con maestría. Juan Carlos lideraría con éxito tal misión durante todo el trayecto.

La excursión comenzó entre risas y bromas y muchos parones. Como si fuésemos domingueros nos parábamos cada 50 metros a hacer fotos, beber agua y ajustar el material. El objetivo de alcanzar la cima y poder ser calificados como montañeros todavía quedaba lejos. Aspirábamos como mínimo a convertirnos en “traveseros” y poder por lo menos mirar a los ojos al resto de montañeros. Lo que para nosotros era una novedad y un reto es en realidad el día a día de muchísimas personas que viven la montaña con pasión. Sin embargo, hay un elemento que si tenemos en común: la llamada de la montaña. Cuando te llama es difícil resistirse, y por eso estábamos un pequeño pero compacto grupo decididos a intentar comprender a la montaña. Sin experiencia la mayoría pero con un estado físico aceptable, la característica común de todos los integrantes era la valentía, o quizá fuese la inconsciencia. Dicen que la ignorancia es atrevida, y a veces peligrosa agrego yo.

Nos dejamos llevar por una excelente guía y por el convencimiento de que aquello iba a ser una experiencia irrepetible. No nos equivocamos. Por el camino, eso sí, el grupo fue mermándose poco a poco. Primero fue Rafa, que valerosamente había aceptado el reto de coronar el Bisaurín tras realizar el Camino de Santiago. La falta de fuerza y una inoportuna indigestión le impidieron coronar la parte final del Bisaurín. A cambio, se llevó como el resto, el  impagable paisaje nevado de los Pirineos. Le dejamos en un improvisado “campo base”, si es que se puede utilizar ese término para unos aficionados como nosotros.

Habíamos cubierto la parte más fácil del recorrido y el grueso del grupo se sentía todavía optimista y con fuerzas para cualquier reto. Ya habíamos utilizado el piolet, y como nos había enseñado nuestra guía debía orientarse siempre hacía la montaña. Este instrumento, que parece más bien de película al estilo de máximo riesgo, puede en realidad salvarte de caer muchos metros en caso de un resbalón. Cuando la pendiente se acentúa y las fuerzas flaquean es cuando el piolet se hace más importante.

Dejando Francia a la izquierda nos dirigimos hacía “la pala final”. No cuesta ni pendiente, sino pala. Un nuevo concepto montañero que de ahora en adelante asociaré a la palabra sufrimiento. Habíamos pasado el mediodía y el calor empezaba a hacer mella. Bufandas, gorros, guetres y cualquier otro elemento empezaban a ser una pesada carga. Supongo que la experiencia te permite conocer tu cuerpo y valorar el frío y el calor. Pero lo cierto era que tan pronto tenía calor como frío.

La “pala” en cuestión filtró de nuevo nuestro grupo. La pronunciada pendiente y el cansancio hicieron que Mel y Juan Carlos renunciasen al objetivo final. Sin ellos, el grupo quedaba considerablemente mermado . Solamente quedamos siete. Rápidamente nos íbamos a dividir en 3 grupos en función del ritmo de subida. En la montaña conviene seguir un ritmo asumible y dosificar fuerzas. Nos quedaba un trecho largo.

Yo me quedé en el grupo intermedio, con la Sherpa y con Alex. Los llevaba delante a no mucha distancia, y podía aprovechar sus huellas para ahorrar esfuerzo. Cada paso se hacía más pesado y el cansancio empezaba a hacer mella. Cuatro, cinco, seis pasos y a respirar. Tres, cuatro, cinco pasos y vuelta a coger oxígeno. Cada vez eran menos pasos y más pequeños  y me costaba seguir el ritmo. Sabía que no podía cebarme pero por otro lado no quería realizar el final de la ascensión en solitario. Decidí forzar sabiendo que ya quedaba poco. Podía ver el final de la pala y el cielo después. Estaba cerca y todavía me quedaban fuerzas. Paré, bebí agua y respiré.

Después de hacer un esfuerzo por seguir el ritmo fui consciente de que era incapaz de seguirles y decidí aminorar la marcha. Miré hacia arriba y vi como la sherpa y Alex estaban a punto de coronar. Necesitaba parar y la cima no quedaba tan lejos.

Retomé el camino en largas zetas que me hacían avanzar muy lentamente. No podía más. A cada paso se me aceleraba el corazón. Cada movimiento de la pierna suponía movilizar todos los músculos hasta la extenuación.Como si de un experto anatómico se tratase empezaba a notar todos y cada de los músculos de las piernas, con un solo denominador común, la sobrecarga. Cuadriceps, gemelos o isquitibioales. Todos los músculos me gritaban al unísono que parase. Y eso hice.

Respiré y bebí agua. No me quedaba mucha. En ese momento me acordaba de las palabras de la guía-sherpa Myriam: “el agua no se reparte, cada cual tiene que beber la suya”. Al principio de la excursión aquel consejo me pareció  absurdo. Teníamos agua de sobra e íbamos en grupo, que mejor que compartir y disminuir peso. Después comprendería que no era un consejo sin sentido y más bien al contrario podía suponer la diferencia entre hacer cumbre o no hacerla. La montaña tiene sus propias reglas y a veces se confunde la solidaridad con el egoísmo. Lo cierto es que finalmente debe imperar la lógica.

Miré hacia abajo. Alvaro y Mar estaban demasiado lejos. Al igual que yo estaban sufriendo, y sus pasos eran cortos. Avanzaban, pero lo hacían tan lentamente que la espera me supondría muchos minutos. La opción de quedarme quieto a esperar podía ser un arma de doble filo. Por un lado, me permitiría subir acompañado a un ritmo asequible, pero por otro, corría el riesgo de enfriar los músculos y no ser capaz de continuar. Necesitaba pensar y en ese momento me faltaba claridad.

Decidí seguir.  La inercia de mis movimientos me sorprendieron. Era capaz todavía de levantar las piernas. Un paso, otro paso y a descansar. Un paso, otro paso y un nuevo descanso. Repetí el proceso varias veces alargando aún más las zetas y buscando desesperadamente las huellas de mis compañeros. Apenas quedaba un pequeño rastro de sus huellas, siendo además sus pasos mucho más largos que los míos. Tendría que crear mis propias huellas y añadir un esfuerzo aún mayor. La nieve estaba cada vez más derretida y los crampones no se ajustaban del todo. Cada paso era un posible resbalón y tenía que duplicar el esfuerzo.

Mis pasos eran tan pequeños que apenas avanzaba y el corazón empezaba a mandarme señales de auxilio. No podía más. Estaba exhausto y era incapaz de vencer al Bisaurín. Lo que desde lejos era un pico con aspecto celestial preparado para su conquista, de cerca era una pendiente insuperable que me engullía como si del propio infierno se tratase. Un infierno blanco que me golpeaba sin misericordia. Necesitaba fuerzas y no las encontraba.

CONTINUARÁ…

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