El Villaverde en la Champion League

Qué aficionado al fútbol no ha soñado alguna vez con saltar a un terreno de juego y escuchar el himno de la Champion League. A todos se nos pone la piel de gallina cuando vemos a nuestro equipo hacerlo. Todos querríamos, aunque fuese por un segundo, sentir lo que sienten los grandes futbolistas.

La campaña de HTC convierte  a un modesto, el Villaverde, uno de esos equipos que todavía juegan en tierra, en un equipo de Champion League por un día. Los que hemos pisado alguna vez un campo embarrado sabemos lo que significa pisar los campos actuales de hierba artificial.

Por eso, esta campaña me ha resultado especialmente cercana, además de que por una vez, son los modestos, los menos observados, estrellas por un día. Y nosotros con ellos.

 

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Deportes necesarios: correr

Desde hace bastante tiempo está de moda correr y hacer deporte en general. Una práctica que se ha extendido desde Estado Unidos, entre algunas causas para paliar el estrés laboral o porqué no decirlo para mitigar el efecto de la comida basura a la que son tan propensos los estadounidenses(y también los españoles).

Resulta curioso adentrarse durante estos primeros días de otoño en los que la temperatura no es ni fría ni calor y en los que por desgracia el agua todavía no llega, en algunos parques españoles. Concretamente en el retiro, un parque suficientemente grande y oxigenado como para olvidarse por unos instantes de que uno se haya en mitad de una ciudad que tiene encima suya una capa de contaminación.

madrid 49 - parque del retiro - jardines de ferraz

Parque el retiro

Tiene el retiro últimamente, y cada vez más, una actividad tan frenética que incluso se podría decir que cada vez es más incómodo correr. Sin caer en las exageraciones si que se puede apreciar como decenas de corredores individuales o de grupos, corren en distintas direcciones, sobre todo en horarios no laborales, antes de que caiga la noche y arrecia también el frío de madrugada.

Correr es además de un deporte extremadamente barato, a excepción del calzado (hacerse con unas buenas zapatillas es importante) un deporte fácil de realizar, si se tiene un parque cercano mucho mejor, y sobre todo es un deporte que cumple con una necesidad de hoy en día, que no es otra que evadirse por un rato de la rutina diaria y del estrés.

En cuanto se comienza a correr y se activa el organismo,y a medida que se aumentan las pulsaciones y el ritmo, uno se va evadiendo de sus preocupaciones, centrándose en mantener el ritmo. A este proceso se le une una creciente creación de endorfinas que al final del ejercicio nos permitirán estar un poco más relajados.

Resulta conveniente y muchas veces recomendable correr con amigos para poder llevar un ritmo suave, y de paso evitar la tentación de pensar en todo aquello que nos preocupa mientras corremos. La compañía además obliga a una rutina y de paso ayuda a ver a antiguos amigos o conocidos.

No podemos obviar el impacto que tiene correr en muchas articulaciones, especialmente en rodillas, pero a nivel aficionado y siempre y cuando no se entrene demasiado duro, es un algo asumible. En todo caso, los calentamientos, el fortalecimiento de los músculos claves para cualquier deporte(espalda, lumbares y adbominales) y también de las piernas, ayudarán a mantener un estado de forma óptima y a mejorar poco a poco el rendimiento.

Mi consejo, si no tienes un gimnasio al que acudir o aunque lo tengas, dedica al menos un día a la semana en ir a correr, y al cabo de tres meses no te arrepentirás!

Marta Domínguez se une al club de Alberto Contador

Marta Domínguez ha sido y es mi atleta preferida, como la de muchos españoles supongo. Y lo será seguramente, independientemente de su más que probable dopaje(en estos casos de investigación previa de la policía no suelo creer en la inocencia de los detenidos) porque los recuerdos es algo que difícilmente podemos cambiar. Y ese es el problema principal con el dopaje en España, que de nada sirve ilusionarnos con deportistas, si más tarde o más temprano nos enteramos de que competían haciendo trampas.

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Marta Domínguez corriendo en una competición oficial

Porque hacen trampas, que nadie se lleve a error. Individualmente cada deportista que se dopa es un tramposo porque habrá algunos (muy pocos seguramente) que no estén dispuestos a doparse para competir. Esos, son los nombres de desconocidos que jamás conoceremos. Deportistas anónimos cuyo único mérito fue llegar a la élite de un deporte y ser uno más de un pelotón o de una liga. Sin un triunfo, sin un nombre, sin un patrocinador, son deportistas anónimos. Muchos de ellos seguramente seguirían siendo anónimos por más que se dopasen, pero aún así siempre tendremos la duda de que hubiera pasado si nadie se hubiese dopado.

Y esa duda la podemos aplicar retrospectivamente a todo el deporte español de los últimos veinte años, desde que un tipo llamado Eufemiano Fuentes entró a colaborar con algunos estamentos deportivos.(este artículo es clave para entenderlo todo) Aquel hito, por entonces clave para modernizarse tecnológicamente como el resto de países punteros, fue en realidad el disparo de salida hacia la generalización del dopaje en nuestro deporte y paralelamente del éxito. Antes, el éxito se nos resistía,y ya había indicios de cuál sería el camino del éxito. Solamente nuestra propia cerrazón nos impidió ver lo evidente. Basta con buscar en Google casos de dopaje y Eufemiano Fuentes para comprobar que llevamos años y décadas con esta lacra.

Y si no habíamos sabido de más casos hasta ahora era porque conscientemente nos habíamos puesto una venda en los ojos. Una venda que nos hacía pensar que fuera el paisaje era bonito y maravilloso. Esa venda nos la pusimos todos, o casi todos porque unos pocos denunciaron el dopaje e hicieron lo posible para combatirlo. Fundamentalmente algún periodista y sobre todo la policía que siempre está para cumplir su deber.

Esa misma policía que fue ninguneada y despreciada cuando “EL PODER” decidió ignorar gran parte de la Operación Puerto. Y pongo esa palabra en mayúsculas porque sabemos que la Operación Puerto se paró en el momento en el que se empezó a especular con que había futbolistas y tenistas muy importantes involucrados. Había también, fijaos que gracia, atletas de primerísimo nivel cuyo nombre no salió a la luz.

¿Quizá Paquillo? ¿Quizá Marta Domínguez? Ambos quizás se han resuelto recientemente. Lo que para nosotros es un quizá para los policías que investigaron durante meses en aquella operación es una certeza. Más de doscientas bolsas de sangre, horas de grabaciones, documentos e información suficiente para hacer que nuestro país descendiese al infierno de los tramposos en tantos deportes y con tantas figuras que a nuestro lado el dopaje de la RDA sería un juego de niños.

Fijaos que cosas que uno de los motes de una de las bolsas de sangre estaba asociado al nombre “Rosa”. ¿quizá se refería a la cinta del pelo de Marta Dominguez? Porque ya casi tenemos la certeza de que la bolsa de A.C. era de Alberto Contador. Aquel corredor con un futuro extraordinario que se libró de caer en la operación Puerto porque EL PODER pensó que era un cartucho demasiado preciado. Otro que se libró fue Luis León Sánchez, hermano de Pedro León, y también involucrado en la Operación Galgo. De aquellos polvos estos lodos, y lo que queda por venir.

Cayeron otros muchos ciclistas, quizá pensando que como era un deporte sucio y con mal nombre no pasaba nada por incluir unos pocos más. El resto de deportes se librarían, cayendo en un olvido por parte de los muchos que sabían la verdad. Y entre esos estaba el mismo que viajaba con los deportistas españoles predicando el deporte limpio y vanagloriándose de los éxitos, Don Jaime Lisavestky. Un político responsable directo que ha mirado demasiadas veces hacia otro lado, como han mirado muchos otros.

Para ellos, en una balanza entre éxitos deportivos y limpieza del deporte ganaba siempre lo primero, casi a cualquier precio. Aunque ese precio fuese la muerte prematura de deportistas como Chava Jiménez. Aunque eso significase que los periodistas de otros países investigasen nuestros casos de dopaje. Aunque supusiese el descrédito futuro de nuestro deporte.

No tuvieron en cuenta, todos estos que ahora estarán pensando en lo que van a decirnos a los ciudadanos, que cuanto más alto subes más fuerte caes, sobre todo cuando hablamos de hacer trampas y de dopaje.

Dirán algunos que todos se dopan y que es la única manera de competir. No seré yo quien niegue lo primero, pero sí lo segundo. ¿Queremos ser admirados porque nuestros deportistas son capaces de doparse sin que les pillen? O preferimos ser admirados porque nuestros deportistas compiten como pueden prevaliéndose únicamente de su capacidad.

Sé que lo que aquí subyace es algo más que la realidad del deporte español. Hay una realidad del deporte mundial que nos indica claramente que muchos récords y muchas marcas tienen una explicación en el dopaje.

Pero a pesar de todo, un individuo y un país tiene que ser capaz de abstraerse de ese mal conjunto. Y lo tiene que hacer porque es lo moralmente correcto, y porque ese es el único camino para acabar con esa lacra que se llama dopaje. Podremos entrar en consideraciones de todo tipo acerca de qué se considera dopaje y de si los deportes obligan a doparse para ser competitivo, pero al final, siempre podremos pensar que porque lo hagan muchos no quiere decir que sea lo necesario ni lo bueno. El refranero español, sabio como pocos, nos lo dice: “Mal de muchos consuelo de pocos”

Esta es, señores, la realidad de nuestro país. Alguien sensato pensará que si han “cazado” a Alberto Contador y a Marta Domínguez, dos buques insignias de nuestro deporte, también podrá cazar dentro de no demasiado a otros deportistas tan importantes o más. Ponedle el nombre que queráis y retrotraeros casi cuanto queráis, porque ahora ya sabemos que nuestro deporte está tan sucio que dentro de poco las alcantarillas van a rebosar, pero no de mierda, sino de cientos de sustancias dopantes.

Máquina elíptica vs Correr

Hace 10 años había dos máquinas elípticas en mi gimnasio. Hoy hay unas 15, más que las de correr. Son de largo las más populares y las que más uso tienen. A mi me gustan porque me permite hacer ejercicio aeróbico sin machacar demasiado la rodilla.

correr

Imagen de un dibujo corriendo

Ayer se me ocurrió comparar esta máquina con mis sesiones de running y descubrí lo que ya sospechaba hace tiempo. Las máquinas elípticas suponen un moderado ejercicio físico que ayuda pero que no alcanza niveles suficientes de mejora física. Para contrastar mis datos me lleve un pulsómetro y comparé los datos con los de mi última sesión de running.

Ambas sesiones consistieron en ir aumentando gradualmente la intensidad del ejercicio, alcanzando primero un pico de intensidad para después pasar por un pequeño reposo y más tarde acometer un sprint sostenido y finalmente un esfuerzo moderado.

Estuve “esquiando” durante 40 minutos en los cuales quemé 250 calorías según mi pulsómetro y 350 según la máquina, que no tenía mis datos de edad,altura,etc… Durante el ejercicio, a pesar de subir mucho el nivel y aumentar la velocidad el esfuerzo máximo de mi corazón estuvo al 68%, mientras que el nivel medio fue del 54%.

La sesión de running duró sólo 25 minutos, durante los cuáles quemé casi 350 calorías (343). La intensidad media fue cercana al 73% y el pico máximo coincidió con uno de los sprints  intermedios en los que mi esfuerzo se acercó peligrosamente al 90%

Como veis la diferencia es sustancial tanto a nivel cardiovascular como a nivel calórico. Además, después de correr tenía una sensación mucho mayor de cansancio pero también de relajación. Aunque no tengo los datos, entiendo que la segregación de endorfinas fue mucho mayor durante el running. Al día siguiente me dolía hasta el lóbulo derecho de mi oreja. Después de la sesión elíptica, en cambio, en ningún momento logré una intensidad real que me permitiese vaciarme. Después incluso de 40 minutos tenía ganas de más ejercicio, y las sensaciones musculares posteriores son unas pequeñas molestias en el talón.

Así que lo tengo claro, si quiero mejorar físicamente eligiré el running. Considero además que las máquinas aérobicas del gimnasio, ya sea bicicleta, máquinas de correr o elípticas no permiten disfrutar plenamente del ejercicio físico.Es aconsejable realizar estos ejercicios al aire libre. Sin embargo, estas máquinas si permiten variar los ejercicios y realizarlos en días lluviosos o poco apetecibles.

He leído en muchos artículos que es muy aconsejable variar las rutinas de ejercicios. El cuerpo humano se adapta rápidamente a la mecánica de los movimientos y economiza las fuerzas.Por eso, incorporar de vez en cuando una sesión de natación, elíptica u otra actividad contribuyen a fortalecer otras partes del cuerpo y mejorar el rendimiento.

La conquista del Bisaurín (II)

Sabía que más allá del cansancio físico mi problema era mental. No era capaz de pensar con claridad y por un momento pensé que mi retirada estaba próxima. Miré hacia arriba con la esperanza de ver a mis compañeros. Sabía que verles en lo alto del pico me motivaría para continuar, pero por algún extraño motivo nadie asomaba. Esperaba unas palabras de ánimo o incluso una ayuda. Pero nada de eso llegaba. Quizá después de la cumbre hubiese una pequeño llano y mis compañeros se hallasen al final del mismo disfrutando de un rico embutido, frutos secos y sobre todo agua. Miré mi botella: apenas me quedaba para dos tragos. Le di un pequeño sorbo, me di la vuelta y contemplé el paisaje. Aquello era sublime. Los Pirineos en todo su esplendor se hallaban ante mí. Solamente por aquel momento de inmensa paz había merecido la pena. Quizá la cumbre tendría que esperar a otra vez. Clavé los crampones con fuerza para evitar caerme y me ajusté la mochila.

Quería continuar pero no sabía cómo. En ese momento vi una persona que bajaba. Y detrás varías más. Aquello era una señal. Me quedé quieto, esperándole, dosificando las pocas fuerzas que me quedaban. Me vio tan exhausto que lo primero que me dijo fueron palabras de ánimo. Le dediqué una media sonrisa. Más habría sido derrochar las pocas fuerzas que tenía. Le pregunté si quedaba mucho. “No te voy a engañar” me contestó, “todavía te queda un trecho duro y después de esta cumbre hay otro pequeño repecho”. No recuerdo la altitud  y distancia que me dijo pero inmediatamente supe que lo más duro estaba por llegar. En cierta manera sabía que al final del aquella pala habría más. Lo que no sabía era cuanto, ni si mi cuerpo aguantaría. Le dije que habría preferido una mentira. Se rió. A veces es mejor vivir en la ignorancia.

Las noticias no eran buenas, pero al menos sabía a lo que me enfrentaba. Decidí apretar el paso y fui al encuentro del resto de montañeros. Todos me saludaron afectuosamente, pero pude ver en sus caras que en realidad no confiaban en que lo lograse. No les culpo, yo tampoco confiaba. Sin embargo, su presencia me dio ánimos y pude hacer acopio de las últimas fuerzas que me quedaban. Bajé la cabeza, volví a respirar y empecé a clavar los crampones: derecha, izquierda, derecha, izquierda. Interiormente me repetía estas palabras. Pocos pasos después volví a descansar . Repetí el proceso varias veces y así, conseguí llegar al final de la pala. Aquello no era el final pero tampoco el principio.

Ya llevaba cinco horas y estaba en el límite de mis fuerzas. Sabía que estaba cerca pero también que ya no me quedaban fuerzas. Era la pendiente final. Como en los videojuegos, ya había superado varios monstruos y me esperaba el monstruo final, el más duro. Allí me esperarían mis compañeros. Descansé lo suficiente y con la mente puesta en el horizonte empecé de nuevo a caminar. Iba lento pero seguro. La pendiente ya no era tan pronunciada y la dificultad era más física que otra cosa.

A mi derecha vi a otro montañero que subía con los esquís al hombro. Sin duda tendría que estar haciendo un esfuerzo similar al mío. Decidí apurar el paso e intentar aprovechar sus huellas. Al tercer paso me di cuenta de que jamás podría seguir su ritmo, y por tanto aprovechar sus huellas. Me tocaba otra vez abrir paso.

Uno, dos, uno, dos. Seguía repitiéndolo en mi cabeza con la esperanza de olvidar el cansancio. Cuando ya apenas podía dar un paso más vi finalmente en la cima de la montaña las siluetas de mis compañeros. Allí estaban. Distinguí a  Victor con su cazadora amarilla y también a Luis con sus guetres rojos. También divisé a Myriam y a Alex. En ese momento supe que coronaría, pero también supe que sería el esfuerzo físico más grande de mi vida. Me dejé caer y disfruté por primera vez en las dos últimas horas del contacto de la nieve.

Me separan apenas 200 metros de la cima. Los más largos de mi vida. Sin agua y sin fuerzas afronté ese trecho como una cuestión de orgullo. A los que nos gustan los retos sabemos que el sufrimiento forma muchas veces parte de los mismos. Y aquello sin duda era un reto. Caminé lento, parando cada dos pasos, con la vista puesta en la cumbre. No veía huellas delante de mí pero me daba igual. Solamente quería llegar arriba.

Caminaba como un robot: con la mirada fija y los pasos firmes, pero muy lentamente. Intenté buscar una motivación interna y lo único que se me ocurrió fue que aquello era un gran paso para el hombre y un pequeño paso la humanidad. Comencé a repetir esa frase en voz alta, malgastando absurdamente mis últimas fuerzas. En ese momento me llegaron voces de ánimo desde arriba: “no queda nada”, me gritaron. Tenían razón, no me queda nada de fuerza, estaba más allá del límite. Lo que no entiendo es cómo sigo caminando pensé. De donde sale esta fuerza me preguntaba. Después de estar sumido en las tinieblas ahora veía la luz. Estaba más cerca que nunca físicamente pero también más lejos mentalmente. No podía más. Iba a reventar de un momento a otro.

Acerté a escuchar como mis compañeros me indicaban que a la derecha la ruta estaba marcada. Hacía allí me orienté, a la búsqueda desesperada de unas huellas que me facilitasen el camino. Parecían no llegar nunca. Me volví a parar. No entendía nada. Estaba ahí al lado. Los tenía enfrente de mí pero no era capaz de moverme. Cada paso era una tortura. Llevaba el crampón derecho suelto desde el inicio de la última subida y me dolía el abductor izquierdo muchísimo. Daba igual la pierna que utilizase. No sabía que era peor, si hundir la pierna en la nieve o si sentir el músculo agarrotado. Si no tenía fuerzas ni para ajustarme el crampón como demonios iba a subir esa última pendiente, pensé para mí mismo.

En ese momento llegó la solución en forma de ángel vestido de amarillo. Victor, el compañero más en forma de la expedición decidió bajar y marcarme el camino. Aquel pequeño esfuerzo para él supuso para mí un gigantesco alivio. Se acercó hasta mi posición, me animó y empezó a marcarme los pasos. Ya me veía en la cima.

A cada paso me sentía como si estuviese logrando algo único. Primero la conquista de América, después la llegada a los polos, el Everest, el desierto del Gobi, y ahora yo llegando a la cima del Bisaurín. En ese momento me sentía como los montañeros profesionales cuando logran sus ocho miles. Y en cierta manera mis pasos eran tan lentos y costosos como los de los grandes montañeros. Comparativamente el esfuerzo era similar. La única diferencia era que yo no había sufrido el temido mal de altura aunque si una pájara de mil demonios. Para mí, la última hora antes de coronar el Bisaurín había supuesto un reto mental de considerables dimensiones. Había estado sumido en la zozobra más absoluta, a la deriva y sin rumbo, y en ese momento me encontraba más cerca que nunca del objetivo.

Cinco horas y media después alcanzaba la cima del Bisaurín, situada a 2.669 metros de altitud. Más tarde se completaría el grupo con la llegada de Alvaro y Mar, quedando grabado para la historia la ascensión de los siete. Los siete del Bisaurín a partir de ahora.

Había subido 1000 metros de altitud desde que partimos del refugio, y había soportado el dolor, el sufrimiento, la soledad y el cansancio extremo, pero también había experimentado el compañerismo, la satisfacción, la alegría, la visión de un paisaje único. En definitiva el placer de la montaña.

Toqué la cima, tiré los palos, miré a mis compañeros y me tumbé en el suelo. Había conquistado el Bisaurín.

 

La conquista del Bisaurín (I)

Me encontraba solo en mitad de uno de los picos más altos de los Pirineos. A mí alrededor solamente veía nieve. Enfrente mío la nada y detrás el vacío. En ese momento me embargó una terrible sensación de soledad. La montaña o yo. Yo y la montaña, frente a frente en un duelo hasta la extenuación.  No tenía fuerzas y apenas me sentía capaz de finalizar una ascensión que había comenzado cinco horas antes.

-Foto, mirad todos a la cámara –dijo Mel.  Posamos los 10 integrantes de una expedición que tenía como objetivo el Bisaurín, situado a 2669 metros de altura. Partíamos del refugio de Lizara, 1000 metros más abajo. Lo hacíamos con mucha ilusión y muchas ganas. Más aún teniendo en cuenta el magnífico tiempo. Brillaba un sol radiante que a la postre quemaría más de una cara  sin la suficiente crema.  Solamente se notaba el frío cuando soplaba el viento.

-Es importante no juntar las piernas porque los crampones pueden romper los guetres –dijo Myriam, la guía oficial del grupo, montañera experimentada  y “Sherpa” para el resto de la excursión. Era la primera vez que usaba los crampones para andar sobre la nieve y tampoco me había puesto antes los guetres, también llamados polainas.  Al acabar el día los crampones iban a formar parte de cada uno de nosotros como un apéndice de las botas, y además iba a dar pie a numerosas bromas y comentarios. De hecho, hemos creado la figura del encramponador, definiendo a la misma como aquella persona que ata los crampones con maestría. Juan Carlos lideraría con éxito tal misión durante todo el trayecto.

La excursión comenzó entre risas y bromas y muchos parones. Como si fuésemos domingueros nos parábamos cada 50 metros a hacer fotos, beber agua y ajustar el material. El objetivo de alcanzar la cima y poder ser calificados como montañeros todavía quedaba lejos. Aspirábamos como mínimo a convertirnos en “traveseros” y poder por lo menos mirar a los ojos al resto de montañeros. Lo que para nosotros era una novedad y un reto es en realidad el día a día de muchísimas personas que viven la montaña con pasión. Sin embargo, hay un elemento que si tenemos en común: la llamada de la montaña. Cuando te llama es difícil resistirse, y por eso estábamos un pequeño pero compacto grupo decididos a intentar comprender a la montaña. Sin experiencia la mayoría pero con un estado físico aceptable, la característica común de todos los integrantes era la valentía, o quizá fuese la inconsciencia. Dicen que la ignorancia es atrevida, y a veces peligrosa agrego yo.

Nos dejamos llevar por una excelente guía y por el convencimiento de que aquello iba a ser una experiencia irrepetible. No nos equivocamos. Por el camino, eso sí, el grupo fue mermándose poco a poco. Primero fue Rafa, que valerosamente había aceptado el reto de coronar el Bisaurín tras realizar el Camino de Santiago. La falta de fuerza y una inoportuna indigestión le impidieron coronar la parte final del Bisaurín. A cambio, se llevó como el resto, el  impagable paisaje nevado de los Pirineos. Le dejamos en un improvisado “campo base”, si es que se puede utilizar ese término para unos aficionados como nosotros.

Habíamos cubierto la parte más fácil del recorrido y el grueso del grupo se sentía todavía optimista y con fuerzas para cualquier reto. Ya habíamos utilizado el piolet, y como nos había enseñado nuestra guía debía orientarse siempre hacía la montaña. Este instrumento, que parece más bien de película al estilo de máximo riesgo, puede en realidad salvarte de caer muchos metros en caso de un resbalón. Cuando la pendiente se acentúa y las fuerzas flaquean es cuando el piolet se hace más importante.

Dejando Francia a la izquierda nos dirigimos hacía “la pala final”. No cuesta ni pendiente, sino pala. Un nuevo concepto montañero que de ahora en adelante asociaré a la palabra sufrimiento. Habíamos pasado el mediodía y el calor empezaba a hacer mella. Bufandas, gorros, guetres y cualquier otro elemento empezaban a ser una pesada carga. Supongo que la experiencia te permite conocer tu cuerpo y valorar el frío y el calor. Pero lo cierto era que tan pronto tenía calor como frío.

La “pala” en cuestión filtró de nuevo nuestro grupo. La pronunciada pendiente y el cansancio hicieron que Mel y Juan Carlos renunciasen al objetivo final. Sin ellos, el grupo quedaba considerablemente mermado . Solamente quedamos siete. Rápidamente nos íbamos a dividir en 3 grupos en función del ritmo de subida. En la montaña conviene seguir un ritmo asumible y dosificar fuerzas. Nos quedaba un trecho largo.

Yo me quedé en el grupo intermedio, con la Sherpa y con Alex. Los llevaba delante a no mucha distancia, y podía aprovechar sus huellas para ahorrar esfuerzo. Cada paso se hacía más pesado y el cansancio empezaba a hacer mella. Cuatro, cinco, seis pasos y a respirar. Tres, cuatro, cinco pasos y vuelta a coger oxígeno. Cada vez eran menos pasos y más pequeños  y me costaba seguir el ritmo. Sabía que no podía cebarme pero por otro lado no quería realizar el final de la ascensión en solitario. Decidí forzar sabiendo que ya quedaba poco. Podía ver el final de la pala y el cielo después. Estaba cerca y todavía me quedaban fuerzas. Paré, bebí agua y respiré.

Después de hacer un esfuerzo por seguir el ritmo fui consciente de que era incapaz de seguirles y decidí aminorar la marcha. Miré hacia arriba y vi como la sherpa y Alex estaban a punto de coronar. Necesitaba parar y la cima no quedaba tan lejos.

Retomé el camino en largas zetas que me hacían avanzar muy lentamente. No podía más. A cada paso se me aceleraba el corazón. Cada movimiento de la pierna suponía movilizar todos los músculos hasta la extenuación.Como si de un experto anatómico se tratase empezaba a notar todos y cada de los músculos de las piernas, con un solo denominador común, la sobrecarga. Cuadriceps, gemelos o isquitibioales. Todos los músculos me gritaban al unísono que parase. Y eso hice.

Respiré y bebí agua. No me quedaba mucha. En ese momento me acordaba de las palabras de la guía-sherpa Myriam: “el agua no se reparte, cada cual tiene que beber la suya”. Al principio de la excursión aquel consejo me pareció  absurdo. Teníamos agua de sobra e íbamos en grupo, que mejor que compartir y disminuir peso. Después comprendería que no era un consejo sin sentido y más bien al contrario podía suponer la diferencia entre hacer cumbre o no hacerla. La montaña tiene sus propias reglas y a veces se confunde la solidaridad con el egoísmo. Lo cierto es que finalmente debe imperar la lógica.

Miré hacia abajo. Alvaro y Mar estaban demasiado lejos. Al igual que yo estaban sufriendo, y sus pasos eran cortos. Avanzaban, pero lo hacían tan lentamente que la espera me supondría muchos minutos. La opción de quedarme quieto a esperar podía ser un arma de doble filo. Por un lado, me permitiría subir acompañado a un ritmo asequible, pero por otro, corría el riesgo de enfriar los músculos y no ser capaz de continuar. Necesitaba pensar y en ese momento me faltaba claridad.

Decidí seguir.  La inercia de mis movimientos me sorprendieron. Era capaz todavía de levantar las piernas. Un paso, otro paso y a descansar. Un paso, otro paso y un nuevo descanso. Repetí el proceso varias veces alargando aún más las zetas y buscando desesperadamente las huellas de mis compañeros. Apenas quedaba un pequeño rastro de sus huellas, siendo además sus pasos mucho más largos que los míos. Tendría que crear mis propias huellas y añadir un esfuerzo aún mayor. La nieve estaba cada vez más derretida y los crampones no se ajustaban del todo. Cada paso era un posible resbalón y tenía que duplicar el esfuerzo.

Mis pasos eran tan pequeños que apenas avanzaba y el corazón empezaba a mandarme señales de auxilio. No podía más. Estaba exhausto y era incapaz de vencer al Bisaurín. Lo que desde lejos era un pico con aspecto celestial preparado para su conquista, de cerca era una pendiente insuperable que me engullía como si del propio infierno se tratase. Un infierno blanco que me golpeaba sin misericordia. Necesitaba fuerzas y no las encontraba.

CONTINUARÁ…

¡Malditas lesiones!

Primero fue Cristiano, luego Kaká, más tarde Higuaín y ahora yo. En todos los casos existe un denominador común: las lesiones siempre vienen en el peor momento. Ya sea porque finalmente se está cogiendo la forma, porque ya estás en forma o porque estás en el comienzo de coger la forma, lo cierto es que las lesiones son malditas en todos los sentidos.

Tengo comprobado en mi ya dilatada carrera como deportista de élite de barrio que no hay año sin lesión. Sería el equivalente al “no hay verano sin romano” que dicen los estudiantes de derecho. Cuando piensas que ese año te has librado de la lesión viene el frío y el mal calentamiento, y te contracturas algo; te dan una patada o golpe; o simplemente te lesionas el tobillo después de saltar con tus colegas en una estúpida noche de borrachera.

Las lesiones son simple y llanamente una prueba mental, un obstáculo más en la vida del deportista. Le hacen más fuerte o simplemente acaban con él,siguiendo la teoría de la selección natural propugnada por Darwin, otro deportista reconocido sin duda. En el primer caso, el deportista que estaba tan cerca de coger la forma ha de pasar por los pertinentes días de reposo,recaída, vuelta al reposo, otra prueba más y otra recaída, reposo y finalmente fisio. Es un largo y estúpido proceso que podría simplificarse con un reposo y vuelta a la actividad si fuésemos lo suficientemente pacientes.

Por desgracia, los que hacemos deporte habitualmente realmente lo necesitamosfunciona en nuestro cuerpo como cualquier droga convencional y por tanto nos engancha. Así que renunciar a él supone largos días con el mono,que difícilmente superan la pregunta sencilla de “¿te vienes a echar un partidito?”. Lo que al principio es un no rotundo más tarde se convierte en un “bueno, quizá pueda forzar”, para ser tras muchos ruegos un “venga va, me apunto”.

Tras la recaída vuelve el reposo, y por fin el deportista es consciente de su error. Ni carreras, ni pachangas y ni siquiera correr tras el autobús. Lo primero es la lesión y hay que recuperarse a cualquier precio (fsioterapeuta incluido). Por el camino, se pierde la forma, en muchas casos la moral y con frecuencia la silueta. Lo que nos había costado meses de esfuerzo y tesón lo echamos a perder en unas pocas semanas.

Y vuelta a empezar.

La carrera de la épica

Suena el despertador. Llevo casi una hora despierto, pero hasta que oigo la musiquita del móvil no soy capaz de moverme. Se que tengo poco tiempo porque he decidido apurar al máximo para conseguir el máximo número de horas de sueño.

Me tomo una barrita y un café, me ducho y tras equiparme convenientemente salgo hacía el punto de encuentro con mi prima, mi compañera de running y espero que futura compañera de maratón.

El tiempo está frío y lluvioso, pero parece que nos va a respetar, o al menos eso creíamos en los primeros compases de la carrera. Lo que empiezan siendo unas molestas gotas se convierten en una atronadora tormenta. Y yo sin gorro ni gorra, Maldita sea, que falta de previsión. Lo llevaba todo preparado.Calcetines técnicos, mallas, camiseta, zapatillas de running y la música, fundamental. Me prepare una carpeta a la que llamé “running a tope”.Toda una declaración de intenciones. Debo decir que sin ella, me habría costado el triple. De hecho el algún momento, junto con la lluvia y el granizo lo que único que escuchaba era la música a tope.

El recorrido de 10 km incluía un par de cuestas destrozapiernas, concretamente la subida hacia el ángel caído y un par de vueltas al retiro.Todo ello, como he dicho aderezado con una lluvia y en ocasiones granito. En cierta manera, estas circunstancias tan adversas me motivaron aún más. Mientras corría sobre una abundante corriente de agua pensaba que aquello era como andar sobre las aguas, como Jesucristo.

Al final, conseguí mi propósito y baje de los 55 minutos. Un aceptable tiempo de 54 minutos y 07 segundos teniendo en cuenta el frío, lluvia y el trazado de la carrera.

Me siento satisfecho tras mi tercera carrera de 10 kilómetros y lo que es más importante cada vez me siento más capaz de correr de aquí a unos meses una media maratón, y después quien sabe si una maratón. Pero vayamos por pasos, que ahora me toca descansar!

LA carrera del CSIC:una buena piedra de toque.

Hay pocas situaciones tan placenteras en el deporte como acabar una dura carrera. El momento de llegar a meta, respirar e hidratarse, forma parte de un ritual que se tiene su momento cumbre cuando te das cuenta de que has conseguido acabar la carrera en un tiempo aceptable.

El domingo pasado me enfrenté a un nuevo reto.Esta vez se trataba de mejorar mi tiempo en 5 minutos después de un mes y medio de entrenamiento.El objetivo era bajar de 55 minutos en mi segunda carrera de 10 Km. Y aunque no logré el objetivo, ni siquiera me quedé cerca, 56:57, la carrera del CSIC me ha permitido conocerme un poco más y saber que estoy muy lejos de tener una forma alta para lograr mis ambiciosos objetivos.

Asi que como primera medida tengo que rebajar mis objetivos en el tiempo pero a la vez intensificar mis entrenamientos. Más fuerza, mas series, mas rodajes largos pero las mismas ganas. Una de las cosas que me gustan de correr es que se puede mejorar constantemente.Ya sea mucho o poco, un sprint final o una buena planificación de la carrera te permite monitorizar constantemente el esfuerzo que estas realizando.

También es cierto, que las sensaciones a veces van más allá de los entrenamientos. Unas malas sensaciones pueden provocar una mala carrera. En mi caso, el domingo me levanté cansado después de hacer deporte el mismo sábado y haber dormido poco. Sin duda, es importante llegar muy fresco a la carrera pero en mi caso tenía un compromiso obligatorio. Asi que afronté la carrera con ciertas agujetas y un cansancio general que superé gracias a la motivación de conseguir mi objetivo. También encontré un ambiente frío,nada que ver con la carrera de la melonera, en un día frío y a una hora demasiado temprana para mi cuerpo, las 9:00 de la mañana. El recorrido porque no decirlo tamibén resulta duro con cambios de pendiente muy brusco ya sea con subidas o bajadas.En definitiva la carrera del CSIC me resultó dura. Son pequeños detalles, pero que pueden ser definitivos si tus objetivos son muy duros y andas justo.

Me quedo como he dicho antes con la sensación de la llegada, con los momentos compartidos por mis otros dos compañeros de carrera, bari y el moreno, y me quedo con la expectativa que tengo en este momento de mejorar.Mejorar y mejorar, con paciencia, muy importante en el mundo del running, pero con perseverancia.

Estos días me ha tocado descansar, pero ya estoy deseando coger el retiro y machacarme a tope.

Mi siguiente meta lograr un buen tiempo en la carrera de las empresas y después la San Silvestre para acabar el año corriendo. ¡YES WE CAN!

El running como estilo de vida

Hace algunos meses publicaba un artículo referido al famoso muro que se produce cuando corres. Hoy me gustaría hablaros de como correr puede convertirse en una forma de vida.

Estoy al principio del camino pero ya puedo decir que empiezo a estar enganchado. Como si de una droga se tratase el cuerpo me pide correr, y ya estoy planificando las siguientes carreras. Hace tiempo que llevo queriendo correr varios 10 km , para luego intentar afrontar un medio maratón y quien sabe si un maratón en el futuro.

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Y hoy por fin creo que estoy en el camino. El pasado fin de semana realice mi primera carrera de 10 kilómetros con eso si un discretísimo tiempo, y ya pienso en las siguientes. La ventaja de correr es que siempre puedes mejorar entrenando y siempre puedes medir tus marcas.Ademas hay multitud de carreras y puede incluso servir de excusa para visitar otras ciudades y países y correr las carreras de las mismas.

A mi, como a tantos otros, me produce un placer, parecido a una droga, provocado supongo por las endorfinas, esa maravillosa sustancia que segrega nuestro propio cuerpo. Y también me provoca la satisfacción de ser capaz de acabar las carreras y mejorar mis tiempos.

Quizá el gran handicap de este deporte sea el durísimo castigo al que sometemos nuestras articulaciones, especialmente y particularmente en mi caso las rodillas.Eso si, siempre se puede y se debe de hecho, fortalecer los músculos de las piernas en el gimnasio.

Confío en que esto no sea una afición pasajera y que pueda a través del running mejorar mi forma física, fortalecer mi cuerpo y también mi mente, y quizá acabar de aquí a dos años una maratón.