Mourihno se marchá. Vendrá otro entrenador y se ganarán algunos títulos: ligas como antes de Mourinho cuando no haya un Barcelona potente, o quizá alguna Copa del Rey y es posible que incluso la décima. Y el Real Madrid seguirá siendo el mismo club vetusto en pleno Siglo XXI, incapaz de acometer los cambios profundos que una vez le distinguieron como el mejor club del Siglo XX.
Esa visión que tuvo Bernabeu, esa visión frente a los cambios, creando primero una competición europea, levantando después un estadio ejemplar y no permitiendo por último que ningún jugador, entrenador o empleado estuviese por encima del club, es lo que hizo grande al Real Madrid.
Se podrán seguir ganando títulos sin cumplir esa necesaria y vital transformación pero difícilmente veremos un club moderno, explotando al máximo sus gigantescas capacidades. Y así, el Real Madrid algún día será un Benfica más, un equipo que vivirá con el recuerdo de épocas pasadas, de grandes títulos. El Real Madrid como cualquier gigante empresarial no ha sabido entender la necesidad de seguir adaptándose a los cambios. Cuando menos te lo esperas llega otro que te sustituye y que te reemplaza como número 1. La historia está llena de googles pujantes que se convirtieron en dueños y de empresas como Nokia que murieron lentamente hasta ser una simple compañía más. Ese proceso se está produciendo también con el Real Madrid pero lentamente.
El Real Madrid fue ideado no para ser un equipo más, sino para liderar constantemente el cambio, para ser siempre el número uno. Y para eso hacía falta una estructura moderna y sobre todo un presidente que entendiese que los futbolistas a pesar de ser millonarios e ídolos de masas, son solamente empleados. Y como tales hay que tratarles, sometidos a la necesaria jerarquía de cualquier entidad. Esa meritocracia que quiso imponer Mourinho luchando contra todo y todos, hasta contra su propio presidente ha sido el detonante que ha hecho que el mejor entrenador del mundo y el mejor líder que ha tenido el Real Madrid en muchos años, se vaya por la puerta de atrás, abandonado por el club y traicionado por los jugadores. El entrenador del que mejor han hablado en todos los clubes en los que ha estado, el tipo por el que sus plantillas matarían, se va del Real Madrid con la plantilla dividida por un veletismo incentivado por la prensa.
Otros llegarán que harán mejor a Mourinho. Veremos los partidos de antaño en los que el Real Madrid era goleado en plazas de equipos pequeños, humillado por rivales inferiores, sometido al capricho de sus futbolistas, secuestrado por una prensa todopoderosa. Eso, que es lo que habíamos visto antes de Mourinho, lo veremos también después porque el entrenador que venga será necesariamente un pelele y un cobarde en el momento que acepte el puesto sin pedir antes el despido inmediato de Casillas, justamente lo que ha querido evitar Florentino Pérez.
Su cobardía es su propia sentencia de muerte, incapaz de entender que el señorío no es permitir que la prensa influya en el club ni que los pesos pesados influyan en las decisiones del entrenador.
Quizá venga un entrenador que no le meta el dedo en el ojo a nadie, que no se enfade ni se queje cuando su equipo pierde, que no se enfrente con la prensa, que no diga las verdades que nadie quiere escuchar. Ese, será el mismo entrenador que a cambio de esa paz permitirá que sean los jugadores los que le hagan las alineaciones. Y ese será el precio que Florentino tendrá que pagar a cambio de la muerte del único que intentó evitar lo inevitable, el secuestro del club.


