El premio Príncipe de Asturias a Xavi y Casillas

Los Premios Príncipe de Asturias deben estar de horas bajas, como la institución que representan. Quizá eso explique el premio en la modalidad deportiva a dos jugadores: Xavi y Casillas.

 Me parece que desde hace demasiado tiempo se tiene demasiada prisa en premiar a los deportistas españoles. Si lo que se pretende es tener una vocación internacional y premiar realmente a los grandes deportistas, se debería optar por otro tipo de nominados.

 De igual manera, tampoco tiene demasiado sentido premiar una amistad entre dos rivales. Eso es algo que está a la orden del día, no solo en la selección española sino en el resto. Se trataría de premiar algo excepcional, un desempeño único, algún logro verdaderamente ejemplar.

 No faltan ejemplos y seguro que a cualquiera, aunque no le guste el deporte se le ocurren media docena de nombres. A bote pronto, Phelps sería un magnífico candidato ahora que se retira o Federer o cualquier otro. El año pasado fue un gran acierto el premio a Gabreselassie, un atelta, con toda una carrera detrás.

 El premio a Casillas y Xavi, además de estar repetido, después de premiar a la selección española de fútbol en el 2010, es un premio excesivamente influido por el fútbol y por las polémicas entre Real Madrid y Barcelona. Eso es algo, que sacado de contexto no se entiende. Existen rivalidades históricas entre deportistas que fuera del campo demuestran grandes amistades.

 Mismamente hemos visto durante estas olimpiadas la amistad entre Bolt y Blake o entre Phelps y Locke. ¿Conlleva eso un mérito especial? ¿Tiene algún sentido premiarlo como algo excepcional?

 Pues si se trata de crear unos premios prestigiosos y de valor, desde luego que no. Ahora bien, si queremos enfatizar que nuestros deportistas españoles son los mejores, los más auténticos, humildes y demás, desde luego están en el buen camino.

Gebreselassie, un merecido Premio Príncipe de Asturias

La historia de Haile Gebreselassie es una de tantas historias de niños africanos que recorren grandes distancias yendo a sus colegios andando, corriendo o en bicicleta, y desarrollan después una extraordinaria resistencia. En el caso de Haile, además el destino quiso que se convirtiese probablemente en uno de los más grandes fondistas de la historia.

Con un particular estilo de correr que tenía como elemento diferencial una blanca sonrisa que parecía conferirle la capacidad de correr sin esfuerzo, Gebreselassie dominó con mano de hierro la distancia de los 10.000 metros de 1993 a 2000. En ese tiempo ganó 4 oros en mundiales y otros dos en las Olimpiadas, convirtiéndose siempre en el rival a batir.

Y como todo deportista fue batido después por otro gran atleta, Bekele, aunque siguió estando en el podio ganando otras medallas hasta que decidió pasarse al maratón.

Es la historia por tanto de un hombre que ha dedicado su vida al atletismo,ganando lo inimaginable y batiendo toda clase de records. Por eso, su nominación a los Premios Príncipe de Asturias y la posterior concesión del mismo es sin duda un acierto.

Son estos premios al deporte una extraña mezcla entre el reconocimiento a una trayectoria y el reconocimiento a un gran año o varios años. Así, la concesión del premio a nuestras selecciones nacionales de fútbol o baloncesto o a Alonso o Nadal rompen con la dinámica de entregar el premio a un deportista a toda su carrera.

Quizá debería el jurado tener la paciencia suficiente para entregar el premio a deportistas ya retirados, adquiriendo así cierta distancia sobre el hecho logrado. La mayoría de las veces, los logros deportivos adquieren mayor relevancia cuando se contemplan en perspectiva. Así, ahora somos conscientes de la dificultad de ganar dos mundiales de fórmula 1 o de ganar lo que ganó la selección española de baloncesto.

De esa manera, los premios tendrían quizá algo más de épica y de recuerdo a una gesta lograda. Al estilo del oscar a toda una carrera, los Príncipe de Asturias de los deportes deberían ser como el resto de galardones que premian toda una carrera.

En todo caso, la concesión a Gabreselaise ahora o diez años más tarde debía llegar porque nos encontramos ante un atleta único, con esa inconfundible sonrisa que despitaba a rivales y telespectadores, y que tenía también después las carreras.